Luis Guillermo Espinoza - Memorias por la vida
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Luis Guillermo Espinoza

Luis Guillermo Espinoza cuenta con varias peculiaridades en su caso. En primer lugar, era menor de edad, contaba con tan solo 15 años cuando un Guardia Nacional Bolivariano (GNB) le disparó en la cabeza en Valencia, municipio San Diego el 05 de junio del 2017. Aunque su vida no terminó en el acto, para él y su madre, Zulmith Espinoza, fue una muerte lenta, literalmente, que tuvo fin dos meses después, el 13 de agosto de ese mismo año.
Este joven, amante del deporte, especialmente el fútbol, fue trasladado el mismo día del impacto a varios hospitales donde no le ofrecieron atención hasta que finalmente fue trasladado al Hospital Central de Valencia. Allí empieza su ardua lucha por mantener vida. Le realizan una intervención quirúrgica, en la que le hicieron una limpieza del edema cerebral, pero sin extraer la bala que se alojaba en su cerebelo debido a consecuencias mortales. Sin embargo, esto ocasionó daños en su sistema cerebral, afectando su audición del extremo derecho y su vista, perdió completamente la visión.
A pesar de que eran días duros, Zulmith siempre le pedía una sonrisa a Luis, esa sonrisa era su favorita y le transmitía serenidad. Le cantaba las canciones que más le gustaban y rezaba, rezaba mucho.
Espinoza estuvo en coma inducido por 21 días. Al transcurrir los días, su estado de salud se iba agravando. La misma contaminación del hospital ocasionó que se contagiará con bacterias. “Hasta tuvo gusanitos en sus oídos”, lamenta Zulmith Espinoza. Por otro lado, la alimentación no era la adecuada ni fue suministrada correctamente. “Al final, mi hijo tuvo una desnutrición muy severa y eso no lo ayudaba a recuperarse”, agrega.
Se percibe la ausencia, el vacío. En especial, Zulmith y Mirla Castillo, abuela de Luis Guillermo, quien se enorgullece por decir que su comida era la predilecta de su nieto. “A ese le encantaban mis caraotas. Solo las mías”, dice entre risas y lágrimas. Al mismo tiempo, recuerda cómo Luis Guillermo siempre buscaba alegrarla, la cargaba y bromeaba con ella.
Durante esos dos meses y medio, Espinoza mantuvo una fiebre alta la mayoría de los días. Su madre narra que cuatros días antes de su fallecimiento no contaba con los aparatos necesarios para realizarle un chequeo médico. En esas últimas horas, sufrió cuatro paros respiratorios, hasta que el último le ocasionó su muerte.
Zulmith Espinoza compartía el cuarto con su hijo. La nostalgia invade su cuerpo mientras muestra su cama: “Ya era muy pequeñita y él no era nada pequeñito, ya no cabía en su camita”. En este espacio, pequeño, lleno de recuerdos, fotografías, juguetes de niños, medallas y trofeos fue donde escuchó todos los sueños y planes de su hijo. Pensaban cómo iba a ser su esposa y cuántos hijos iba a tener. “Yo le decía a una de tus hijas ponle mi nombre, anda Luis. Pero a él no le gustaba mi nombre”, rememora.
La crueldad se mantuvo hasta después de su muerte. Al momento de realizarle la autopsia a Luis Guillermo, Zulmith Espinoza visualiza que la bala que se encontraba en el cerebelo no estaba. No la hallaron. Alguien la había removido.“¿En qué momento pudo desaparecer?”, se pregunta de forma ingenua. Tiene nueve meses trabajando en el caso de su hijo, sin ningún tipo de ayuda legal. Ni siquiera le han asignado a un fiscal nacional. “Me niegan la justicia, no me quieren dar respuesta de nada”, concluye.
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